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Preparando la semana de oración por la unión de los cristianos – Noticias y Comunicaciones nº 167

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Los 500 años de M. Lutero: Testigo del evangelio, una tarea abierta
X. Picaza

Así lo saben desde hace tiempo muchos teólogos y cristianos, lo mismo católicos que luteranos, cuando afirman que la tarea de Lutero sigue abierta, tanto para los católicos como para los mismos luteranos. Este año 2017 es tiempo bueno para retomarla y culminarla.
Así lo puso relieve el Papa Francisco, cuando el pasado 31 de octubre asistió en Lund, Suecia, a la conmemoración del 500 aniversario de la Reforma Luterana, ante Antje Jackelén, mujer Arzobispo de Uppsala, y ante Munib Yunan, Presidente de la Federación Mundial Luterana, que firmaron una declaración conjunta en línea de mutuo respeto y colaboración, comprometiéndose a trabajar a favor de una nueva comunión ecuménica entre católicos y luteranos.
Así lo ha resaltado sobre todo el documento conjunto, titulado DEL CONFLICTO A LA COMUNIÓN (Octubre 2016), elaborado por la Federación Luterana Mundial y el Consejo Pontificio para la Unión de los cristianos, al celebrar los 500 años de la reforma luterana.
Ese documento compara en el fondo y pone en un plano semejante a los reformadores protestantes (como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino) y a los testigos de la fe católica (como Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo ¿por qué no Juan de la Cruz?), diciendo que se esforzaron por la renovación de la Iglesia. Ese documento incluye, además, dos números muy significativos sobre Lutero:

A la luz de la evidente renovación de la teología católica en el Concilio Vaticano II, los católicos pueden apreciar hoy las inquietudes reformadoras de Martín Lutero y considerarlas con más apertura de lo que era posible anteriormente (28)
Un acercamiento implícito a las preocupaciones de Lutero ha conducido a una nueva evaluación de su catolicidad, que se dio en el contexto del reconocimiento de que su intención era reformar y no dividir a la iglesia. Esto surge claramente de las afirmaciones hechas por el cardenal Johannes Willebrands y por el Papa Juan Pablo II. El redescubrimiento de estas dos características centrales de su persona y de su teología llevó a un nuevo entendimiento ecuménico de Lutero como un «testigo del evangelio» (29).
Estoy convencido de que la figura y obra de Lutero sigue siendo una cuestión pendiente para católicos y evangélicos, llamados a reescribir en comunión su historia. Lutero es un patrimonio de la Reforma universal Cristiana. Por eso quiero presentarle como un testigo del evangelio que no ha terminado aún su tarea, somos nosotros los que estamos llamados a hacerlo.
LUTERO, MARTIN (1483-1546).
Reformador alemán. Era teólogo y religioso de la Orden de San Agustín, profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, Tras un proceso de conversión y de experiencia radical del evangelio, en perspectiva de fe y de confianza plena en el Dios que perdona los pecados, inició la Reforma (que se llamará “protestante”), clavando en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, el 31 de Octubre de 1517, las 95 tesis en las que presenta su visión sobre las indulgencias, el pecado original y otros temas discutidos de la teología y de la vida cristiana.
Inició así un camino de transformaciones que desembocó de hecho en la creación, al lado de la católica (y con el deseo de sustituirla), de una “nueva iglesia” (protestante, luterana), con la pretensión de ser la continuadora verdadera de la Iglesia Apostólica. Tradujo la Biblia al alemán, para uso devocional, teológico y litúrgico y lo hizo con tal creatividad que se le considera el iniciador (incluso el creador) del moderno idioma escrito del mundo germano.
1. Las 95 tesis de Wittenberg.
En principio, ellas podían y debían haber sido discutidas por la Iglesia Universal, en sus diversos estamentos. Eran de tipo disciplinar, se oponían a la venta de indulgencias y criticaban algunos abusos del Papa y de la jerarquía católica, pero sin platear una ruptura estricta, ni la creación de una Iglesia nueva). Éste es el contenido de algunas de las tesis más significativas:
a. Sobre el Papa. Lutero apela desde el principio de su gran protesta a la “libertad” de los cristianos, que han de ser capaces de ponerse de un modo personal ante Dios, sin el intermediario de un Papa a quien muchos concebían como mediador de un perdón, que sólo puede ser exterior, no interior. Por eso rechaza el poder de perdón especial que se arroga el Papa. «El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones. El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente» (núm. 5-6).
b. Sobre las indulgencias. Lutero protesta también contra la visión de una institución eclesial (de un Papa) que quiere presentarse como portador y garante de un perdón especial sobre los fieles. Como ha puesto de relieve → Campenhausen, la jerarquía eclesiástica había nacido en los siglos II-III por la necesidad de organizar y controlar el perdón de los pecadores. Quizá sin advertirlo, al criticar el poder de los papas en el plano de las indulgencias, Lutero volvió a plantear el tema clave del surgimiento y sentido de los ministerios sagrados. «Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos los bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias» (núm. 36-37).
c. El primado de la caridad. Lutero puso en el centro de su discusión el tema de la caridad, de manera que si las controversias posteriores hubieran seguido en este plano, quizá no hubiera sido necesaria la forma en que después se desarrolló la Reforma y la Contra-Reforma católica. «Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad. Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia. Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias. Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor. En cambio, no lo es (no es mejor) por las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena. Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgencias papales, sino la indignación de Dios» (núm. 41-46).
2. Reforma luterana, un nuevo pensamiento.
Pero no hubo diálogo y lo que empezó siendo un pequeño conflicto de jurisdicción, en un tema lamentable, propio de aquel tiempo y fácil de corregir (un tipo de “venta” de indulgencias al servicio del tesoro papal, para la construcción de su Basílica del Vaticano), se convirtió en un enfrentamiento teológico, ideológico, social, político y eclesiástico que ha llevado a la división de la cristiandad de Europa.
A partir de un primer momento de incertidumbre, Lutero y sus seguidores fueron desarrollando su propia teología y su visión de la iglesia, poniendo de relieve la experiencia de libertad interior de los cristianos y el don de la gracia de Dios, que llama de un modo personal a cada creyente, pidiéndole su respuesta personal. En esa línea, frente a una «fe más eclesial», que parece fijada por las autoridades jerárquicas de la Iglesia Católica, Lutero habla de una «fe más personal», propia de cada creyente, que se pone en pie ante Dios para dialogar con él, que acoge la voz del Espíritu Santo y que puede interpretar por sí mismo las Escrituras y dogmas cristianos.
El cristianismo católico había desarrollado una especie de gran pensamiento objetivo, expresado en una teología escolástica que podía presentarse como valiosa en sí mismo. Pues bien, a juicio de Lutero, las estructuras sociales y sacramentales de la iglesia medieval resultaban insuficientes para expresar la radicalidad del evangelio.
Se necesitaban otras formas de expresión del evangelio, capaces de manifestar la novedad de la experiencia de Jesús, tal como la había formulado San Pablo; se necesitaba un tipo de pensamiento y de organización distinta. La iglesia católica medieval había destacado el valor de los sacramentos y la institución jerárquica y sagrada de la sociedad. Daba la impresión de que el cristianismo se identificaba con unos ritos sacramentales y con unas instituciones de tipo religioso, que los creyentes aceptaban de un modo obediente y sumiso. En contra de eso, Lutero destacó el valor individual de la vida cristiana, la fe de cada uno, por encima de las obras externas y de la institución.
En principio, Lutero no quiso separarse de la iglesia católica, sino reformarla, desde la perspectiva de Alemania, donde propagó su nueva visión del cristianismo, traduciendo para ello la Biblia al alemán y pidiendo a los cristianos que la “interpretaran”, es decir, que pensaran por sí mismos. Pero la misma radicalidad de sus propuestas y el tenor de la reacción católica, mezcladas con otros motivos culturales y políticos, hicieron que su reforma y «protesta» viniera a desembocar en el surgimiento de una nueva iglesia, con sus instituciones y su jerarquía.
3. Momentos básicos del pensamiento luterano.
La Reforma Luterana es, ante todo, un nuevo pensamiento: una forma de situarse en libertad ante el legado cristiano (expresado en la Biblia), de manera que cada creyente aparece así como responsable de su visión y comprensión del evangelio. A los católicos se les había enseñado a escuchar y a obedecer (aceptar) la síntesis impresionante de doctrina y teología cristiana, expresada en los grandes marcos conceptuales y litúrgicos de la Iglesia. Pues bien, en contra de eso, Lutero quiso que cada creyente se situara de nuevo ante el Cristo de la Escritura Cristiana, con la responsabilidad de construir (de recrear) su propio pensamiento cristiano. Entre los elementos básicos de ese nuevo pensamiento luterano pueden contarse los siguientes.
a. Libre interpretación de la Escritura, por encima de las tradiciones eclesiales. La Iglesia romana había dejado la Escritura en manos de clérigos, que la interpretaban a partir de las propias tradiciones dogmáticas, sacramentales y administrativas. En contra de eso, Lutero puso la Biblia en manos de los nuevos creyentes, que aparecen así con capacidad de leer e interpretar la palabra de Dios. De esa manera, frente al pensamiento oficial de la Iglesia se eleva el “libre pensamiento” (la libre lectura) creyente de cada cristiano. Esta entrega de la Escritura en manos de todos los fieles tendrá unas consecuencias esenciales y revolucionarias en la vida del cristianismo posterior y en el pensamiento cristiano (y secular) de la Nueva Europa, que nace precisamente a partir de la libre lectura de la Biblia.
b. Sola Fides. La Iglesia romana había destacado el valor de las obras como medio de salvación, de unas obras que a veces parecían más rituales que morales, más sacramentales que meramente civiles y que, en sentido extenso, podían ser controladas por la misma Iglesia en un plano litúrgico y aún sacramental (por medio de la confesión). Pues bien, en contra de eso, sin negar en su plano moral el valor de las obras, Lutero ha puesto de relieve la importancia de la “fe” como experiencia interior de diálogo con Dios y de unión con Jesús crucificado. Esta reivindicación del valor de la fe, unida a la libertad de conciencia, ha hecho posible el surgimiento de una nueva subjetividad cristiana, vinculada a una moral interior, propia de cada creyente. Sin esta insistencia en la fe personal no se entiende el surgimiento de la nueva cultura occidental.
c. Radicalización del espacio sacramental. La Iglesia romana había desarrollado una fuerte sacralidad sacramental, de manera que en algunos momentos podía parecer que el despliegue de la gracia evangélica quedaba dependiendo de la misma administración de los sacramentos. En contra de eso, Lutero, que no ha negado en principio el valor de lo sacramental, ha insistido en la importancia de la fe, que vincula a los creyentes.
En sentido amplio, sólo admite dos sacramentos (bautismo y eucaristía), interpretando los cinco restantes (confirmación, penitencia, matrimonio, unción de enfermos y ordenación ministerial) como ritos eclesiales, que pueden tener cierto valor, pero que no son esenciales (como sacramentos) para la vida de la Iglesia. La misma eucaristía, que conserva su valor, no se entiende ya como nuevo sacrificio; lógicamente, un tipo culto eucarístico separado de la celebración de la Eucaristía pierde su sentido. De esa manera, el cristianismo luterano deja en un segundo plano el aspecto sacramental de la vida, para venir a presentarse como experiencia interior y conversión creyente.
d. Fin de la Iglesia entendida como jerarquía sacral. En principio, Lutero no quería negar la obediencia al Papa ni a los obispos, pero el mismo dinamismo de su movimiento, al poner de relieve la libertad creyente de los fieles, le llevó a negar esa obediencia al Papa y a buscar unos obispos que surgieran de las mismas comunidades. Ciertamente, las críticas de Lutero contra el Papa y contra la Iglesia de Roma (a la que llama prostituta, Babilonia) han de entenderse desde el contexto de aquel tiempo y desde la misma idiosincrasia combativa de Lutero, que se muestra también, por ejemplo, desgraciadamente, en sus controversias contra los judíos. Pero esas críticas son también un indicio de la dureza de la lucha mantenida, a uno y otro lado de las divisiones eclesiales. Sea como fuere, Lutero y sus seguidores rechazaron el poder superior del Papa y de los obispos entendidos como jerarquía.
e. Una piedad personal, el fin de las formas religiosas antiguas. Lutero no condenó el culto a las imágenes en cuanto tales, ni el valor de la figura de María, madre de Jesús, y el de los santos, pero quiso poner todo eso en un segundo plano. De hecho, el luteranismo significó el fin de un tipo de culto mariano y de una devoción medieval centrada en los santos, para insistir en otra forma de devoción centrada en la fe de los buenos creyentes.
En ese contexto se inscribe también su crítica frente a un judaísmo concebido como expresión de una piedad vinculada a unas obras religiosas que han sido ya superadas. En esa línea, el luteranismo, que ha sido principio de un pensamiento liberador en otros planos, ha mantenido un fondo de violencia anti-judía que aparece también en otros contextos cristianos.
4. Presente y futuro de la propuesta de Lutero.
La figura y obra de Lutero resulta inseparable del despliegue y permanencia de su movimiento. Después de quinientos años de “reforma” (que se cumplirán el año 2017) no hemos logrado todavía un juicio definitivo sobre su intento teológico y eclesial. En este momento (año 2010), una comisión católico-luterana, al más alto nivel, está estudiando la importancia de la Reforma y la posibilidad de un acuerdo básico entre católicos y luteranos. Lo que no se hizo el año 1517 ante las tesis de Lutero puede y debe hacerse ahora. En esa línea me atrevo a ofrecer tres propuestas:
a. La Reforma luterana puede y debe entenderse como un acontecimiento muy valioso para el conjunto de la cristiandad, pues ha permitido poner de relieve elementos antes menos desarrollados del evangelio, abriendo un camino de autonomía personal y de libertad que responden al evangelio y que han sido básicos en la historia posterior de Europa y de la humanidad. Al lado de Erasmo y Descartes, de Galileo y Newton, de Vitoria y Rousseau, Lutero ha sido uno de los iniciadores del mundo occidental (de la cultura de Europa). Más aún, en esa línea, en conjunto, el protestantismo ha sido una bendición para el conjunto de la Iglesia (y en especial para el catolicismo). En esa línea pueden y deben interpretarse gran parte de los pensadores protestantes que aparecen en este diccionario: de → Calvino a Barth, de Schleiermacher a Bultmann, de Pannenberg a Moltmann, por poner algunos ejemplos.
a. Pero la Reforma luterana ha sido también un acontecimiento doloroso, pues está vinculada a disputas y guerras de religión que han durado casi dos siglos (XVI y XVI), marcando la historia y el pensamiento de Europa y del mundo. Parece que Lutero no quiso la guerra, pero en su nombre (o a pesar de su nombre) se hicieron algunas de las guerras más sangrientas de Europa (empezando por la lucha en contra de la rebelión de los campesinos → Th. Müntzer). En esa línea, parte de la historia de la reforma y contra-reforma protestante y católica ha sido una historia de violencia, pues no se ha desarrollado en clave de amor, sino de crítica (condenatoria) de unos contra todos y de guerra. Muchos católicos pensaban que los protestantes iban, sin más, al infierno. Y lo mismo han pensado muchos protestantes respecto a los católicos.
c. La verdadera Reforma debe culminar, llegando más allá de la “protesta” y de la “contra-protesta”, para desembocar en el reconocimiento de los valores de unos y otros y en la pacificación de todos. No se trata de negar las confesiones de fe de los luteranos y del resto de los “protestantes” (el Catecismo Menor de Lutero, la Confesión de Augsburgo del 1530, el Símbolo de la Fe de la Iglesia Reformada del 1566, los Artículos de la Religión de la Iglesia Anglicana del 1571), sino de reinterpretarlos en línea de fidelidad al evangelio. Tampoco hace falta que los católicos neguemos el Concilio de Trento (1545-1563), sino que lo resituemos en su contexto, releyendo sus declaraciones desde el mismo evangelio.
En esa línea debemos pasar de la protesta (puro protestantismo) y de la contra-protesta católica a la afirmación propia y a la valoración de los otros. Quizá ha llegado el momento de que católicos y luteranos (protestantes en general) nos reconozcamos como Iglesias, retomando los elementos de unidad y de auténtica reforma que se hallaban al principio de la protesta de Lutero, en la línea de la propuesta de J. Lortz.
5. Postdata. Confesión de fe de Lutero.
Los temas de la discusión entre Lutero y los que él llamaba los “papistas” (con palabra injuriosa y poco exacta) resultaban considerables. Y, sin embargo, la fe de base era la misma. Lutero no quiere crear otra Iglesia, sino volver a los orígenes de la iglesia universal. Por eso destacó el valor no sólo del Nuevo Testamento, sino de los documentos de la Iglesia primitiva, en sus grandes concilios, por lo menos en los cuatro primeros (Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia). La protesta de Lutero se situaba en el plano de la justificación por la y en la reforma de la Iglesia Su confesión de fe seguía siendo la misma de la Iglesia católica, como muestra su Catecismo Menor:
a. Artículo Primero: Creación. Más que la creación en sí, como un hecho objetivo, a Lutero le interesa “mi creación”. Por eso, la confesión en el Dios creador se expande y expresa en forma de aceptación agradecida de la propia existencia del creyente, como don de la misericordia de Dios. No se trata por tanto de la fe en una posible Iglesia objetivada en forma jerárquico/sacramental, sino de la fe agradecida del creyente, que confiesa los dones y bendiciones de Dios que se expresan en su vida: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra… Creo que Dios me ha creado a mí juntamente con las demás criaturas; que me ha dado mi cuerpo y mi alma, mis ojos y mis oídos y todos mis miembros, mi razón y todos mis sentidos; y aún los sostiene; además, me da vestido y calzado, comida y bebida, casa y hogar, consorte e hijos, campos, animales y toda clase de bienes; que me provee a diario y abundantemente de todo lo que mi cuerpo y mi vida necesitan, me protege de todo peligro y me preserva y libra de todo mal. Y todo esto lo hace por pura bondad y misericordia paternales y divinas, sin que yo lo merezca, ni sea digno de ello. Por tanto, estoy obligado a darle gracias por todo y ensalzarle, servirle y obedecerle. Esto es ciertamente la verdad».
b. Artículo Segundo: Redención. Lutero mantiene la fe de Nicea y Calcedonia, pero más que eso le importa la fe personal del creyente que se pone y confía en manos de Jesús que ha muerto y resucitado por él. Esta referencia personal del creyente a Jesús, esta confianza en su vida y su muerte redentora constituye el centro de la teología luterana, pero esta insistencia no es algo exclusivo de Lutero, sino que puede verse en muchos pensadores de aquel tiempo, tanto luteranos como católicos (→ Ignacio de Loyola): «Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la Virgen María; padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos… Creo que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la Virgen María, es mi Señor, que me ha redimido a mí, hombre perdido y condenado, y me ha rescatado y librado de todos mis pecados, de la muerte y del poder del diablo; mas no con oro ni plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente Pasión y muerte; todo lo cual hizo para que yo sea suyo y viva bajo Él en su reino, y le sirva en justicia, inocencia y bienaventuranza eternas, así como Él resucitó de entre los muertos y vive y reina eternamente. Esto es ciertamente la verdad».
c. Artículo Tercero: La Santificación. En el contexto del tercer artículo se vinculan la fe en la Iglesia y en el Espíritu Santo y el valor de la misma fe, como expresión y compendio de la vida cristiana. Ciertamente, siguen importando los contenidos de la fe, pero ahora se sitúa en un primer plano la misma fe, como entrega del creyente en manos de Dios, por Jesús, en el Espíritu: «Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Cristiana: la comunión de los santos; el perdón de los pecados; la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén… Creo que ni por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas soy capaz de creer en Jesucristo, mi Señor, y allegarme Él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el Evangelio, me ha iluminado con sus dones y me ha santificado y guardado mediante la verdadera fe, del mismo modo que Él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la cristiandad en la tierra y en Jesucristo la conserva en la única y verdadera fe; en esta cristiandad. Él nos perdona todos los pecados a mí y a todos los fieles diariamente con gran misericordia, y en el postrer día me resucitará a mí y a todos los muertos y me dará en Cristo, juntamente con todos los creyentes, la vida eterna. Esto es ciertamente la verdad» (Catecismo Menor, 1527, en Obras, Salamanca 1977).
Bibliografía
Edición clásica de las obras de Lutero Weimarer Ausgabe der Werke von Martin Luther (Weimar 1883ss, con 11 volúmenes). Entre las versiones castellanas:
Comentarios de Martín Lutero I-VIII (Terrasa 1998/2002).
Cf. J. Abellán (ed.), Lutero. Escritos políticos (Madrid 1986);
T. Egido (ed.), Lutero. Obras (Salamanca 22001).
La bibliografía sobre Lutero resulta inabarcable. A modo de ejemplo:
J. Atkinson, Lutero y el nacimiento del protestantismo (Madrid 1980);
F. Fliedner, Martín Lutero: su vida y su obra (Terrasa 1983);
H- Oberman, Lutero (Madrid 1991);
R. García-Villoslada, Martín Lutero I-II (Madrid 1973-1976);
J. Maritain, Tres Reformadores: Lutero Descartes Rousseau (Madrid 1948).

De Bucero a Yves Congar
Los dominicos y Lutero
“Lo que nos une es, sin duda, más que lo que nos separa”
(Martin Gelabert, op).- Estando próxima la semana de oración por la unidad de los cristianos, en este año en el que se recuerdan los 500 años de la Reforma protestante, cuento pequeñas historias, que en su momento tuvieron relevancia, sobre la relación de la Orden de Predicadores con Martín Lutero.
Una vez que Lutero publicó sus tesis sobre las indulgencias, el Obispo de Brandeburgo y los dominicos fueron los primeros en denunciarle. Pero no se puede decir que todos los dominicos tomaron partido contra Lutero, pues un joven teólogo dominico, Martín Bucero, fue uno de sus primeros seguidores. Por el contrario, el cardenal dominico Tomás de Vio, conocido como Cayetano, en el interrogatorio que le hizo en Ausburgo, viendo que Lutero no cedía en nada en el aspecto doctrinal, terminó apelando a la autoridad de la Iglesia. El Dr. Lutero respondió rápidamente que ni el Papa ni el concilio son los dueños de la Palabra de Dios. Cayetano comprendió que la ruptura era inevitable.
Posteriormente otros dos dominicos, desde posiciones distintas, hicieron avanzar la comprensión católica de Lutero. A principios del siglo XX, el dominico Heinrich Denifle, subdirector del archivo secreto vaticano, y profundo conocedor del mundo medieval, escribió una obra muy crítica, pero bien documentada, sobre Lutero, que terminaba con un terrible veredicto que se hizo famoso: ¡Lutero, en ti nada hay de divino! Paradójicamente esta obra provocó que, en el mundo protestante se originaran serios estudios sobre la persona de aquel “olvidado padre espiritual”; y en el mundo católico nació un increíble deseo de conocer quién era realmente Martín Lutero.
Desde otro clima espiritual, uno de los pioneros del ecumenismo, el también dominico Yves Congar, sin negar las limitaciones que, a su juicio, se encuentran en Lutero, dejó de lado simplificaciones injustas y ofreció una visión equilibrada sobre la teología y la persona del Reformador. Según el P. Congar el camino ecuménico exigía hacer un esfuerzo para comprender verdaderamente a Lutero y hacerle justicia histórica, en vez de condenarlo simplemente. No hay crítica eficaz si no se asume la parte de verdad de las posiciones que se critican. “Lutero, dejo escrito Congar, no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio, juntamente con él”.
Dos conclusiones rápidas: una, lo que Lutero consideraba fundamental en su teología hoy ya no es motivo de división. Católicos y luteranos confesamos juntos que Dios nos justifica. Y dos, a pesar de este acuerdo importante y fundamental, nos sigue separando nuestra distinta comprensión de la Iglesia y de los sacramentos. Lo que importa es que esas cuestiones que nos separan no sean obstáculo para que juntos podamos confesar a Jesucristo como salvador de todos y cada uno. Y tampoco sean obstáculo para trabajar juntos en beneficio de tantas personas hambrientas de Dios y hambrientas de pan. Lo que nos une es, sin duda, más que lo que nos separa.

NOTICIAS Y COMUNICACIONES Nº 167
(15 de ENERO de 2017)
Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld
http://horeb-foucauld.webs.com

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